
Acariciando ese último centímetro de ti -ese que nunca terminaste de conocer- respiré, suspiré, te miré y volteé, volteé la cara al lado opuesto de tu presencia. Me pregunté cuánto valía ese momento, cúanto valía para ti, cuánto valdría luego de que cada uno tomara su rumbo natural y volviésemos a la aburrida vida.
Volteé porque debía, porque sé que si sigo mirándote terminaré en el enredo de esos ojos implacables que cada vez que quieren hacen conmigo lo que quiero que hagan.
Volteé porque no puedo permitirte encontrar en mí eso que me encargué todo estos años de esconder.
Además volteé porque te vi tranquilo, pasivo, viéndome como si te fueses a quedar, y no, no quiero permitirme la idea de pensar que estarás aquí hasta un poco más allá del límite de todas las horas, porque no quiero pensar en cada una de las noches que viniste y dijiste aquello que aún nos mantiene unidos -hasta mañana-.
¿Todo esto qué es? , para mí resultó ser esa inquietud, esa sensación que hace que mis vellos fuesen a salir corriendo de mis poros, para ti es la vida dentro de otra vida, donde esta vida no tiene nada que ver con la otra.
Dime, dime eso que no te atreves a decir y prometo atreverme yo. O mejor cállalo y demuéstramelo con esos besos que me desarman de todas las armas que tengo guardas para ti y todo esto que me produces.
Si tú lo permites, no podrás echar el tiempo y las palabras a la basura.
Si no lo haces, terminaremos como siempre, un beso que nos deja sin aliento y un hasta mañana, solamente.