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septiembre 24, 2010

Viento Victoriano


Paseándome entre las almas de aquellos que dejan volar los pensamientos, de aquellos que nutren lo que son con lo que les enseñan, de aquellos que cada día intentan forjar un hoy inteligente para un mañana conciente, además saboreándome el fresco olor de la grama recién cortada, en una mañana tranquila, me topé con Víctor, sí, con Víctor, aquel viejo loco del que todo el mundo en la universidad hablaba, y que yo -no se si por curiosidad o sencillamente casualidad- solía oír con recelo algunas de esas historias que no me dejaban claro de quién exactamente se trataba. Unas veces oía de la maravillosa manera en como sobrevivía de la gente, del smog, de esos vaivenes y yeyeras que le dan a los viejos, de los malos olores del cuerpo humano, de las noches heladas y silenciosas, del día caluroso y perturbador y de cada locura que decían de el. Otras veces, escuché como un grupo hablaba del mal estado de su ropa, de lo inculto que era al no entender que los negros eran tan humanos como el, de su antipatía y su estado paradigmático de soledad natural.

Yo, que vivo danzando de un lado a otro-dependiendo de la presión atmosférica-, buscando historias desconcertantes que me hagan soplar mas fuerte o alguna que me haga acariciar suavemente el ambiente. Yo, que vivo conociendo personajes en esta ciudad, donde lo normal es ser paranoico y lo extraño es aspirarme para saber que aun viven, me di cuenta de varias cosas: Víctor no es más que otro hombre que se ha dedicado a vivir para sí mismo, sin necesidad de buscar en los demás lo que puede encontrar en su cabeza, es un hombre que diariamente se levanta con un objetivo preciso, “conocerse a sí mismo”, ¡y es que claro!, ¿cómo no pude darme cuenta?, más de una vez me he tropezado con el, con su cabellos largos ya pintados de blanco, con su voz grave de locutor, con sus pocos dientes y con su noble mirada, tantas noches lo oí hablarme de lo maravilloso que se veía el cielo  desde su acera, desde su selva de cemento, desde su cama de libros; más de una vez se quejó de mi, unas veces por mi helada presencia, y otras por mi calurosa ausencia.

Recuerdo el día, que en medio de un ataque imprevisto de locura, comenzó a recoger algunas cosas que había encontrado a lo largo de esa semana: el esqueleto de una silla de hierro, tablas, una alfombra azul, un palo y algunas cuerdas, me hablaba y me decía: 
"yo no se porque me miran así, como si yo fuese menos que ellos, como si se me hubiese volado la chaveta, aquí lo que hace falta es una monarquía digna, y ¿quién mas que yo para gobernar en este mundo de deschavetados?, estoy mucho más cuerdo que todo el país junto”,
es así como Víctor tiene su propio trono de rey, es el soberano en esos metros de cemento en una de las entradas de la Universidad Central de Venezuela. Tiene sus súbditos que se detienen a mirar, leer, comprar o chismear sus libros,-súbditos sin que ellos lo sepan-, y es que Víctor tal como su nombre lo indica es  un vencedor, diligente, original, le gusta sentirse realizado, mejorado. Ha vencido a esa sociedad que lo discrimina, que lo opaca por el hecho de “no tener plata”, a el nunca le hizo falta, prefiere ser un  rico pobre, que un pobre rico.

Yo, que no dejo involucrar mis sentimientos con la gente, me dejé seducir por él, por su buena voluntad y por su deseo innato de respirarme a mí, su viento, su aire, porque le refresco el alma, y no porque sencillamente me necesita.

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