...

marzo 16, 2010

Un recuerdo...

Hoy, mientras le recetaba a mi cuerpo un poco de música aleatoriamente escogida por mi reproductor, noté que ya no oía nada, que estaba sentada en un silla incomoda frente a dos muebles que me reflejaban un espacio infinito. Yo, sólo yo, ¿o no? , yo y el silencio. Ya nada era presente, todo se fue convirtiendo en pasado, un pasado que revivía de forma ineludible, incesante, agobiante, donde no había cabida para un pensamiento reciente.

Mi cabeza jugaba con mi cuerpo, como queriendo hacerme saber que ella era la dueña de mis actos; frente a mis ojos se paseaba una fotografía tridimensional de tu presencia, que me recordaba la realidad de tu ausencia, pero en mi estado de trance sólo sentía el tenue calor de mi sangre corriendo rápidamente por mis venas al compás de un corazón latente, emocionado, enamorado, que no permitía distracción alguna.

Estabas en el sofá mirando tus manos, con tus ojos esquivos, con tu mirada profunda, yo observaba cada movimiento de tus dedos, esperando alguna reacción que te hiciera voltear y verme, levantándote soltaste una sonrisa al aire, quizás por un recuerdo, caminaste cinco o seis pasos totalmente perpendicular a mi posición, mis ojos seguían tu rumbo sin cesar, entre la lentitud de tus pasos y la rapidez de mi deseo se me hacía interminable el tiempo. Hablabas, intentabas decirme algo, pero no podía escuchar nada, la molestia se hacía dueña de ti, quería acercarme pero alguna fuerza me mantenía pegada a mi silla. Poco a poco fuiste acercándote a mí, allí te vi con más detalle, pude darme cuenta que tus ojos ya no eran tan sinceros, me mirabas como queriéndome poseer, como queriéndome decir que aún estabas allí, tus manos estaban cubiertas de arrugas, de tu boca salían palabras que por más que me acercara jamás logré oír, tus ojos.... tus ojos, no hacían mas que verme y verter lágrimas que terminaban en tu pecho, y justo cuando decidí limpiar tu rostro, mi mano sólo traspasó el vacío.

Estaba sólo yo, volví a oír una suave música, lentamente pude entender que todo era parte de mi imaginación, y que las lágrimas venían de mis ojos, que las arrugas venían de mis manos, que las palabras eran mías, que así había sido siempre, mucho que decir pero pocos para escuchar. Todo era el holograma añejado de tu recuerdo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario